miércoles, 12 de septiembre de 2012

NUEVOS CRITERIOS DE JUICIO PARA LA RENOVACIÓN DE LA PERSONA Y LA SOCIEDAD

José Manuel Pérez Rivera, miembro del 15M ceutí

Para salir de la actual crisis necesitamos un cambio de dirección y actitud. Lewis Mumford, -en las líneas finales de su obra “La condición del hombre”, de la cual hemos obtenido el texto que exponemos en este comentario-, comentó que debemos aportar a cada actividad y a cada plan un nuevo criterio de juicio: debemos preguntar en qué medidas las acciones que promueve los políticos tienden a la realización de la vida y cuánto respeto guardan a las necesidades del hombre. Las preguntas que debemos tener siempre a la cabeza pueden agruparse en los siguientes dos bloques:

1.-  ¿Cuál es el objetivo de cada nueva medida política y económica?.

¿Busca la antigua meta de la expansión y el crecimiento o la nueva del equilibrio?

¿Trabaja para la conquista y la acaparación del poder o para la cooperación y el  apoyo mutuo?.


2.- ¿Y cuál es la naturaleza de esta o aquella realización industrial o social?
     
      ¿Produce bienes materiales solamente o también bienes humanos y hombres buenos?

A sendos bloques de preguntas se añade otras dos referentes, respectivamente,  a nuevos propósitos individuales y planes públicos:

Respecto al aspecto individual esta es la pregunta: ¿Concurren nuestros planes de vida individuales  a la universal sociedad, en la que el arte y la ciencia, la verdad y la belleza, la religión y la santidad enriquecen a la sociedad?

En cuanto a los proyectos ideados en el ámbito público esta es la cuestión a dilucidar: ¿Concurren nuestras planes de vida públicos a la satisfacción y renovación de la persona humana, para que fructifique en una vida abundante, cada vez más significativa, cada vez más valiosa, cada vez más profundamente experimentada y más ampliamente compartida?.

Si mantenemos constantemente estas normas en nuestra mente, tendremos tanto una medida de lo que debemos rechazar como una meta de lo que debe alcanzarse.
Todas estas preguntas son un medio útil para discriminar nuestra acción individual y la de la propia sociedad. En su conjunto subyace la idea de que el primer paso es personal: un cambio de dirección del interés hacia la persona. Sin ese cambio no se logrará gran mejoramiento en el orden social. Una vez que empiece ese cambio, todo es posible.

viernes, 10 de agosto de 2012

LA FALACIA DE LOS SISTEMAS Y LA FILOSOFÍA DE LA SÍNTESIS ABIERTA DE LEWIS MUMFORD

José Manuel Pérez Rivera, miembro del 15m ceutí
       
     Con la publicación en 1951 de su libro “La conducta de la vida”, Lewis Mumford daba por concluida la serie “La renovación de la vida”, que inició en 1930 con la redacción de “Técnica y Civilización” y de la que también formaron parte otras de sus más conocidas obras como “La cultura de la ciudades” (1938) y “La condición del hombre” (1944). En este libro de nombre tan emersiano,-de hecho su admirado Emerson tenía una obra igualmente titulada “la conducta de la vida” (1860)-, Mumford aborda los aspectos subjetivos de la condición humana que en su opinión debían ser transformados para alcanzar la renovación de la vida que él propone. Una idea que pivota este libro es su manifiesto escepticismo sobre los sistemas filosóficos, políticos y económicos cerrados que durante tanto tiempo han marcado la historia de la humanidad. 
            Para Mumford, la mayoría de las filosofías éticas han tratado de aislar y estandarizar los bienes de la vida, y de establecer unos u otros conjuntos de propósitos supremos. Estas filosofías “han considerado el placer, la eficacia social o el deber; la imperturbabilidad, la racionalidad o la autoaniquilación como la principal cúspide de un espíritu disciplinado y cultivado”. Este esfuerzo para reducir gradualmente la conducta valiosa a un único conjunto de principios coherentes e ideales finales no hace justicia, en su opinión, a la naturaleza de la vida, con sus paradojas, sus complicados procesos, sus conflictos internos, sus algunas veces irresolubles dilemas.
Tal y como crítica con acierto Mumford, “con el fin de reducir la vida a un único y claro modelo intelectualmente coherente, un sistema tiende a olvidar los diversos factores que pertenecen a la vida en razón de sus complejas necesidades orgánicas y sus cada vez más desarrollados propósitos. Realmente, cada sistema histórico ético, ya sea racional o utilitario o trascendental, suavemente pasan por alto los aspectos de la vida que son cubiertos por los sistemas rivales: y en la práctica cada uno acusará al otro de inconsistencia precisamente en esos imprescindibles momentos cuando el sentido común felizmente interviene para salvar el sistema de la derrota. Esto representa un fracaso general en todos los sistemas rigurosamente formulados para satisfacer todas las diversas y contradictorias ocasiones de la vida”. A modo de ejemplo y manera sarcástica, comenta que el hedonismo no es una filosofía demasiado adecuada en el caso de un naufragio. En este sentido recuerda que en toda ocasión “hay un tiempo para reír y un tiempo de llorar; pero los pesimistas olvidan la primera cláusula y los optimistas la segunda”.
En opinión de Lewis Mumford, “la vida no puede reducirse a un sistema: la mejor sabiduría, cuando se reduce a un único conjunto de insistentes notas, se convierte en una cacofonía: de hecho, cuanto tercamente se adhiere a un sistema, más violencia infringe uno a la vida”. Afortunadamente, según explica este gigante del pensamiento contemporáneo, “las actuales instituciones históricas han sido modificadas por anomalías, discrepancias, contradicciones, compromisos”. Haciendo gala de su proverbial maestría en el uso de las metáforas, considera a estas anomalías con los más ricos abonos orgánicos: “…todos estos variados nutrientes que permanecen en el suelo social son vistos con gran desprecio por los creyentes en los sistemas: al igual que los defensores de los fertilizantes químicos antiguos, no tiene noción de que lo que hace al suelo utilizable y nutritivo son, precisamente, los restos orgánicos que quedan”.
No menos ilustrativa es la metáfora que compara a los elementos discrepantes a cualquier sistema cerrado con los componentes del aire: “…esta tendencia hacia la relajación, la corrupción, el desorden, es lo único que permite que un sistema escapar de la auto-asfixia: un sistema es en realidad un intento de hacer que los hombres respiren dióxido de carbono u oxígeno solamente, sin los otros componentes del aire, con efectos que son temporalmente soporíferos o estimulante, pero al final serían letales; ya que si bien cada uno de estos gases es necesario para la vida, el aire que mantiene vivos a los hombres es una mezcla de diversos gases en la debida proporción”.
Pero es el campo de la política donde Mumford ve con más claridad la falacia de los sistemas con vocación exclusivista. Así, según este célebre pensador,  desde el siglo XVII hemos estado viviendo en una época de fabricantes de sistemas, y lo que es aún peor, en aplicadores de sistemas. El mundo se ha dividido, en primer lugar, en dos grandes grupos: los conservadores y los radicales, o como los llamó Comte, el partido del orden y el partido del progreso, como si tanto el orden y el cambio, la estabilidad y la variación, la continuidad y la novedad, no fueran igualmente fundamentales atributos de la vida. La gente, a conciencia, debían llevar sus vidas conforme a un sistema: un conjunto de principios limitados, parciales y excluyentes. Trataron de vivir por el sistema de romántico o por el sistema de utilitario, ser totalmente idealistas o totalmente prácticos”. Llevado al terreno práctico, Mumford comentaba que si los estadounidenses fueran rigurosamente capitalistas tendrían que olvidarse de la educación pública gratuita que apoyan, ya que constituye, de hecho, una entidad comunista.
Su crítica al capitalismo, como sistema económico predominante en su país, es rotunda. Para Mumford, ya desde mediados del siglo XIX, se había hecho evidente que el más autoconfiado de los sistemas, el capitalismo, que había llegado como un saludable reto, -al inmovilizar los privilegios y fomentar la salida del letargo feudal-, pasó en poco tiempo a mutilar a los jóvenes e inocentes obligándolos a trabajar catorce horas al día en las nuevas fábricas, además de hacer morir de hambre a los adultos, “en obediencia a la ley ciega de la competencia del mercado, operando en un maníaco-depresivo ciclo de negocios”. Poco tiempo hizo falta para entender que el capitalismo, como un sistema puro, era humanamente intolerable. Según Mumford, “lo que felizmente lo ha salvado de la subversión violenta ha sido la absorción de las herejías del socialismo, -las empresas públicas y la seguridad social- que le han dado cada vez mayor equilibrio y estabilidad”.
A pesar de la férrea crítica a los sistemas, Mumford consideraba que, tomados como una herramienta conceptual, tienen una cierta utilidad pragmática: porque “la formulación de un sistema conduce a la clarificación intelectual y, por tanto, a cierto limpio vigor de la decisión y acción”. A esto se dedicaron autores como Comte, quienes iniciaron un proceso de desenredo de “los hilos que forman la urdimbre y la trama de todo el tejido social” que fueron entonces aislados y disgregados. Siguiendo la metáfora que compara la sociedad con un tupido de de hilos de los más diversos colores, Mumford se refiere a que  cuando los hilos rojos fueron unidos en una madeja, el verde en otra, el azul y el púrpura en otras, su verdadera individual textura y color se presentan más claramente que cuando estaban entrelazados en su original y complejo patrón histórico. En un pensamiento analítico uno sigue el hilo y no tiene en cuenta el patrón global; y el efecto de la toma de este sistema en la vida fue destruir la apreciación de su complejidad y de cualquier sentido de su patrón general”.
Según Mumford, “esta clasificación de los sistemas, con su correspondiente división en partes, hizo algo más fácil, sin duda, introducir nuevos hilos de diferentes tonos o colores en el telar social; pero también alienta la ilusión de que un tejido social satisfactorio podría ser tejido de un solo color y fibra. Desafortunadamente, el esfuerzo de organizar toda una comunidad, o cualquier conjunto de vivas relaciones sobre la base de hacer todos los sectores de la vida totalmente rojo, totalmente azul, o totalmente verde constituye de hecho un error radical”. Para ilustra esta idea, Mumford pone, como ejemplo, la inviabilidad de una comunidad en la que todos vivieran de acuerdo con la filosofía romántica. Una comunidad de este tipo “no tendría estabilidad, ni forma de económicamente hacer mil cosas que hay que repetir todos los días”. Si la mayoría de las actividades dependieran de un impulso espontáneo, muchas funciones importantes no serían llevadas a cabo del todo. Mumford plantea la siguiente pregunta: ¿Por cuales deseos espontáneos serían recogida la basura o lavados los platos? Así concluye que “la necesidad, la coacción social, la solidaridad juegan un papel en la vida real que el romanticismo y el anarquismo no tienen en cuenta”.
En resumen, Mumford plantea en “la conducta de la vida” que “tomar una única idea directriz, como el individualismo o el colectivismo, el estoicismo o el hedonismo, la aristocracia o la democracia, y tratar de seguir este hilo a través de todas las ocasiones de la vida, es pasar por alto la importancia del propio hilo, cuya función consiste en añadir a la complejidad y el interés del patrón total de la vida. Hoy en día la falacia de "esto o lo otro" sigue nuestros pasos en todas partes: mientras que esta en la naturaleza de la vida abrazar y superar todas sus contradicciones, no cercenándolas sin parar, sino tejiéndolas en una más inclusiva unidad. Ningún organismo, ninguna sociedad, ninguna personalidad, puede ser reducida a un sistema o ser eficazmente regulada por un sistema. Dirección interna o dirección exterior, desapego o conformidad, nunca deberían llegar a ser tan exclusivas que en la práctica haga imposible un cambio de uno a otro. Porque la esencia de la presente filosofía es que muchos elementos necesariamente rechazados por cualquier sistema único son esenciales para desarrollar el superior potencial creativo de la vida; y que por turnos un sistema u otro debe ser invocado, temporalmente, para hacer justicia a las infinitamente variadas necesidades y ocasiones de la vida”.
Adentrándose en los asuntos prácticos de la vida, esta filosofía de la totalidad no sobrevalora un sistema único de la propiedad o la producción: “al igual que Aristóteles, y los redactores de la Constitución de Estados Unidos sabiamente favorecieron un sistema mixto de gobierno, así mismo promovieron una economía mixta, no temerosos para invocar medidas socialistas cuando la libre empresa lleva a la injusticia o la depresión económica, o  favorecer la competencia y la iniciativa personal cuando los monopolios privados o las organizaciones gubernamentales se atrancan en la apática seguridad y la inflexible rutina burocrática”. Esto postulado expresa con claridad la filosofía que el mismo Mumford denomina “de la síntesis abierta”, tanto que para asegurarse de que quedará abierta Mumford llego a decir que “voy a resistir la tentación de darle un nombre. Sus futuros seguidores, “aquellos que piensan y actúan en su espíritu, pueden ser identificado, tal vez, por la ausencia de etiquetas”.
Lewis Mumford, al final de su explicación de la tesis sobre la falacia de los sistemas, asemeja esta idea a la afirmación de la vida orgánica. Partiendo de este postulado, pone en cuestión la eficacia de un único principio para conducir “una existencia armoniosa y bien equilibrada, -ya sea para la persona o la comunidad-, entonces la armonía y el equilibrio tal vez demanda un grado de inclusividad e integridad suficiente para alimentar todo tipo de naturaleza, para crear la mayor variedad en la unidad y para hacer justicia a cada ocasión”. En resumidas cuentas, “esa armonía debe incluir y resolver las discordias; debe tener un lugar para la herejía, así como para la conformidad: para la rebelión así como para el ajuste, y viceversa. Y ese equilibrio debe mantenerse contra golpes repentinos e impulsos: como el organismo vivo, debe tener reservas a su alcance, capaces de ser movilizados con rapidez, siempre que sea necesario para mantener un equilibrio dinámico”.
La filosofía de la síntesis abierta de Lewis Mumford pensamos que es un buen antídoto contra el pensamiento único y la globalización aniquilante de la variedad y diversidad de la naturaleza humana. No es útil ni práctico para salir de la crisis multidimensional a la que nos enfrentamos atrincherarse tras los pesados sacos de ciertos principios ideológicos que venimos cargando desde siglos atrás. Ni el capitalismo ni el comunismo; ni la izquierda ni la derecha; ni los cristianos ni los musulmanes; ni ninguno de los otros grandes bloques ideológicos o de creencias que se han enfrentado en el pasado han demostrado tener una respuesta adecuada para salir del callejón al que nos ha llevado nuestra supersticiosa fe en los sistemas cerrados. Podemos vivir aislados del mundo y de la influencia de otras ideas, como los miembros de la secta musulmana rusa recientemente descubierta en Rusia, que han permanecido durante más de diez años encerrados en un zulos construidos en ocho niveles subterráneos para no intoxicarse con las ideas procedentes del exterior, o bien podemos apostar por la búsqueda de la síntesis abierta propuesta por Mumford. De nuestra decisión depende el futuro de la humanidad.

martes, 31 de julio de 2012

LA REDUCCIÓN DE MUNICIPIOS: UN PASO MÁS EN LA RECONSTRUCCIÓN DE LA MEGAMÁQUINA

José Manuel Pérez Rivera, miembro del 15m ceutí

Aprovechando la crisis económica que asola a los países periféricos de la UE, los gerifaltes comunitarios quieren dar un paso gigantesco en la reconstrucción de la megamáquina. Para conseguirlo, se han marcado como objetivo prioritario la reducción de los municipios en estos países, tarea que han iniciado con gran celeridad los gobiernos de Portugal, Grecia e Italia. Ahora le ha llegado el turno a España, donde dicen que tenemos una estructura demasiado atomizada e ineficiente, con 8.116 ayuntamientos, de los cuales cerca del 80 % cuentan con menos de 5.000 habitantes. La idea de reducir el número de municipios en nuestro país cuenta con importantes apoyos entre el mundo empresarial y financiero, así como en algunos partidos políticos, como es el caso de UPyD. Esta agrupación  ha hecho de la centralización del poder político uno de los ejes de su discurso, atacando sin descanso la transferencia de competencias hacia las comunidades autónomas. Un mensaje que ha calado entre un amplio sector de la sociedad española, cansada de tanto despilfarro y absurda ostentación de poder por parte de los gobiernos autonómicos.  
            El Presidente del Gobierno español, el Sr. Rajoy, explicó en su intervención en el Congreso de los Diputados,  para explicar los nuevos recortes impuestos por UE, que su  gobierno se había marcado como “objetivo esencial la racionalización y sostenibilidad de la Administración Local”. Para conseguirlo anunció que  “delimitarán las competencias de cada Administración, se soluciona el problema de las competencias impropias para que los ayuntamientos no puedan prestar servicios para los que no se cuenta con la financiación necesaria y se refuerza el papel de las Diputaciones Provinciales con el fin de centralizar la prestación de servicios”.  Hemos querido resaltar la palabra “centralizar”, ya que este es el concepto clave en este proceso de reducción de municipios y el que sirve de enlace con la idea de la megamáquina desarrollada por Lewis Mumford. Una megamáquina cuyo principal objetivo es la centralización absoluta del poder.
Según explica con detalle Mumford en los dos volúmenes del “Mito de Máquina” (editados por Pepitas de Calabaza), el desarrollo de la humanidad se ha visto condicionado por el surgimiento de lo que denominó la megamáquina, “una máquina arquetípica, compuesta de partes humanas”, dirigida por un dirigente supremo que disponía de una “burocracia rígidamente organizada compuesta de un grupo de hombres capaces de transmitir y ejecutar una orden con la minuciosidad ritualista de un sacerdote y la irracionalidad obediente de un soldado”. La primera megamáquina de la historia fue el Egipto faraónico. Su declive también arrastró  a la megamáquina que no llegó nunca a disolverse del todo, aunque sus componentes se separaron.
Para Mumford, la reconstrucción de la vieja máquina invisible tuvo lugar en tres etapas principales, a intervalos prolongados. La primera etapa estuvo marcada por la Revolución Francesa que si bien acabó con la monarquía dio lugar a un poder abstracto aún más poderoso: El Estado-nación. Una segunda etapa se abrió en 1914 con la Primera Guerra Mundial. Y finalmente, entre 1940 y 1961, emerge la megamáquina modernizada, “dueña de unos poderes de destrucción totales”. Una máquina de componentes humanos que tiene como principales funciones el incremento  de la velocidad, la producción en masa, la automación, la comunicación instantánea y el control remoto.
Precisamente, este control remoto que se propone la megamáquina se consigue a través de la centralización del pentágono del poder (poder o energía, propiedad, productividad, publicidad y prestigio). Alcanzado el poder, la megamáquina, en su forma de Estado omnipotente y omnipresente, dedica todo sus esfuerzos, según Mumford, “a acosar, suprimir o destruir a las instituciones rivales” (ayuntamientos, sindicatos, minorías étnicas, movimientos sociales discrepantes, etc…), ya que la megamáquina “es un elefante que le tiene miedo incluso al ratón más pequeño”. Los municipios son, tal y como expresó Albert Camus en “El hombre Rebelde”, “la negación, en provecho de lo real, del centralismo burocrático y abstracto”, de ahí el afán del complejo del poder tecnoburocrático de la UE de aniquilarlos. Por ello, Mumford apremiaba “a reconstruir grupos y agencias descentralizados y semiautónomos, si es que no independientes, como práctica de seguridad imperativa, así como condición esencial para la participación humana responsable”.
Ni que decir tiene que la megámaquina, con su imparable proyecto de acaparación del poder, es incompatible con la democracia. Un sistema político que, según Takis Fotopoulos, “no significa otra cosa que el ejercicio directo del poder por parte del ciudadanía, o lo que es lo mismo, la autodeterminación de la sociedad mediante la distribución igualitaria del poder entre todos los miembros”. Si atendemos a este definición de la democracia, nuestros municipios dejaron hace mucho tiempo de ser democráticos. Tendríamos que remontarnos al periodo comprendido entre los siglo XI y XIV para encontrar con auténticas formas de gobierno democrático, periodo que coincide con el pleno auge del llamado Concejo Abierto. Durante el desarrollo de los concejos o concilium abiertos, los vecinos de las ciudades y pueblos de la repoblación eran considerados hombres libres e iguales que se reunían en asambleas para debatir y acordar por consenso la política en sus respectivos territorios. Poco a poco fueron perdiendo este poder a favor de los monarcas y sus secuaces. Desde entonces, -y aunque el sistema del concejo abierto aún perdura en la legislación española como forma de gobierno municipal para los ayuntamientos de menos de cien habitantes-, nuestros municipios han seguido un rápido progreso hacia la concentración de poder en manos de las oligarquías locales, a cuya cabeza se erigen nuestros célebres caciques. Ahora los caciques están integrados en la estructura de los grandes partidos nacionales que les han amparado y dado alas. Y estos siguen haciendo lo que han hecho siempre: fomentar el clientelismo, colocando en las plantillas de los ayuntamientos a sus familiares y adláteres; favorecer a los amigos y hacer la vida imposible a los díscolos del pueblo; disponer del patrimonio común para enriquecerse mediante la especulación del suelo; acaparar la economía local para su exclusivo beneficio; idiotizar y embrutecer al pueblo manteniendo tradiciones incompatibles con el respeto a los animales y la sensibilidad humana; impedir la difusión de la cultura entre la ciudadanía y despreciar la educación de los sector menos favorecidos de la sociedad. Todo esto es lo que ha llevado a la ruina económica a los ayuntamientos españoles y ha puesto en cuestión la propia continuidad del único sistema de gobierno compatible con la verdadera democracia. Quieren quitar poder a los ayuntamientos en beneficio de las diputaciones para que personajes como el Sr. Carlos Fabra le siga tocando la lotería todos los años y puede continuar con la tradición familiar de acaparar el poder en la región alicantina.
En 1977, la editorial Blume publicó una edición española de la conocida obra de Murray Bookchin titulada “los límites de la ciudad”. En la prólogo a esta edición, Bookchin manifiesta su coincidencia con la opinión de J.Pitt-Rivers para quien “la palabra española pueblo traduce la griega polis con exactitud superior a la que cualquier vocablo inglés, pues esta comunidad no constituye meramente la unidad geográfica y política sino también la unidad social que trasciende todos los contextos”. A pesar del problema del caciquismo que hemos comentado con anterioridad, -que Bookchin denuncia aludiendo a las diferencias de clase que observó de manera directa en muchos pueblos españoles-, este conocido anarquista americano no ahorra elogios sobre el fuerte sentido de solidaridad y cooperación de los pueblos españoles. Pueblos conformados, en palabras de Bookchin, por “individuos de poderosos ideales, dignidad y seguridad en sí mismos; consecuencia directa de unas comunidades coherentes e intrínsecamente orgánicas”. Frente a las megalópolis de EE.UU, -resultado directo de la última etapa del resurgimiento de la megamáquina-, Bookchin sitúa a España nuevamente “en centro de atención mundial como país en el que los ideales de descentralización, escala humana y auto-administración fueron un día realidades tangibles… Este mundo se siente fascinado no por una España prendida en la trama de las maniobras parlamentarias o hipnotizada por la leve apariencia de libertad política sino, más bien, por el pueblo español que, a través de los movimientos sociales, sindicatos y colectividades agrícolas, dio vida  a una visión libertaria que, instintivamente, informa en nuestros días toda la lucha coherente por la libertad humana y la regeneración cívica”.  ¿Encontraremos un argumento mejor para luchar por la supervivencia de nuestros pueblos? ¿Dejaremos perder la única oportunidad que nos queda para frenar el ensamblaje definitivo del complejo de poder?¿Defraudaremos a quienes vieron en los pueblos españoles la última esperanza para la regeneración del ideal democrático?.

lunes, 30 de julio de 2012

LA LUCHA ENTRE MEDIODÍA Y MEDIANOCHE

José Manuel Pérez Rivera, miembro del 15M ceutí

Resulta fascinante comprobar la clarividencia y lucidez con la que autores como Albert Camus diagnosticaron los problemas de Europa. En su conocida obra “El Hombre Rebelde” (1951), Camus comentaba que “el conflicto profundo de este siglo (refiriéndose claro está al pasado siglo XX) puede que no se establezca tanto entre las ideologías alemanas de la historia y la política cristiana, que de cierta manera son cómplices, cuanto entre los sueños alemanes y la tradición mediterránea”. Este conflicto había tomado cuerpo en varios enfrentamientos ideológicos, como el que tuvo lugar durante la Primera Internacional. Para Albert Camus este encuentro supuso la lucha del socialismo alemán “contra el pensamiento libertario de los franceses, los españoles y los italianos”, es decir, el enfrentamiento “entre la ideología alemana y el espíritu mediterráneo”.
            Ambas ideologías tuvieron la triste oportunidad de enfrentarse cara a cara en las trincheras durante las guerras mundiales que asolaron el viejo continente en el siglo XX. Aunque el conflicto armado se resolvió a favor de los aliados, el pensamiento autoritario consiguió, no obstante, “merced a la destrucción de una élite de rebeldes”, sumergir “esta tradición libertaria”. Una victoria que Albert Camus consideraba provisional. Para este gigante del pensamiento, “Europa no ha existido nunca sino en esta lucha entre mediodía y medianoche. Sólo se ha degradado abandonando dicha lucha, eclipsando el día por la noche”.
            El profundo sentimiento mediterráneo de Albert Camus le llevó a escribir unas bellas palabras sobre el compartido mare nostrum. Él sitúa la juventud del mundo en las costas mediterráneas. “Arrojados a la innoble Europa donde muere, privada de belleza y amistad, la más orgullosa de las razas, nosotros mediterráneos seguimos viviendo de la misma luz. En el corazón de la noche europea, el pensamiento solar, la civilización de doble faz, aguarda su aurora. Pero está alumbra ya los caminos de la verdadera soberanía”. Sin embargo, vemos como en estos años de profunda crisis multidimensional, la sombra de medianoche se proyecta sobre los países mediterráneos (España, Italia, Grecia, etc…). Un enorme eclipse impide la llegada de la luz al mediodía europeo. La noche se hace eterna en los países del sur. Y sin embargo, la lucha continúa. Tuvo que ser precisamente en la “Puerta del Sol” de Madrid donde llegó el primer rayo solar para demostrar que la tradición libertaria sigue viva. ¿Dónde sino podía despertar este sentimiento de lucha? ¿En que lugar podía verse de nuevo la luz de la esperanza en un mundo distinto, más justo y democrático?.
            La lucha, en estos momentos económica, entre los países del norte y del sur de Europa, entre mediodía y medianoche, alcanza altas cotas de virulencia. Los alemanes siguen sin entender el secreto que, según Albert Camus, guarda el Mediterráneo: el amor a la vida. Vivimos en el lugar, “donde la inteligencia es hermana de la dura luz” (Camus dixit). Por su parte, Alemania y el resto de países norteños aportan unos valores no menos importantes: la constancia, el tesón, el autoexamen constante, etc…Tal y como comentaba con acierto Albert Camus, “no se trata de despreciar nada, ni de exaltar una civilización contra otra, sino de decir simplemente que existe un pensamiento del que el mundo actual no podrá prescindir ya por mucho tiempo”.  Este pensamiento imprescindible es el que encarna los países ribereños de Europa, ahora amenazado por males ajenos y propios. Sí, señores. No todo es culpa de nuestros vecinos del norte. España, por poner un ejemplo, ha estado dominada durante década por la hibrys, -la desmesura-, en forma de despilfarro, corrupción, la pérdida del sentido del límite en todos los órdenes de la vida. Ahora nos toca el castigo  a tanta desmesura. Ha llegado el momento de recuperar el equilibrio por la instauración del reino de Némesis, la diosa de la mesura, con el fin de devolver al individuo dentro de unos límites razonables. No obstante, conviene matizar que la locura colectiva que hemos sufrido en estos últimos años no ha afectado ni ha beneficiado a todos por igual. A este respecto, Albert Camus decía en su referida obra “El Hombre Rebelde” que en las situaciones de desmesura, “el hombre no es enteramente culpable, no comenzó la historia; ni totalmente inocente, puesto que la continua”.
            Europeos del norte y europeos del sur nos necesitamos mutuamente. Somos el contrapeso que ambos requerimos para frenar nuestra tendencia a la desmesura, bien en el sentido de la excesiva rigidez, o bien de la irreflexiva volatilidad. Esta confrontación entre la mesura y la desmesura es la que, en palabras de Albert Camus, anima la historia de Occidente, desde el mundo antiguo. Los alemanes tienen mucho que aprender de españoles, griegos e italianos en cuanto al sentido de la naturaleza, el amor a la vida, el ansia de libertad, el apoyo mutuo, la descentralización burocrática, el sentido de la amistad, el disfrute de los placeres cotidianos, etc…; en sentido inverso, los países del sur tenemos que tomar de los centroeuropeos su constancia, prudencia en el gasto, laboriosidad, estricta moralidad pública y privada, seriedad en cuanto a los compromisos adquiridos, respeto a las normas y leyes, autocrítica, etc…De la combinación de ambos caracteres puede surgir un nuevo tipo de europeo, capaz de superar el viejo antagonismo entre dos visiones del mundo distintas, pero al mismo tiempo complementarias e indispensables para el futuro de nuestro continente. Si no lo intentamos estamos condenados a vivir en la más profunda y cerrada tiniebla.

martes, 17 de julio de 2012

TU SILENCIO TE HACE CÓMPLICE

José Manuel Pérez Rivera, miembro del 15M ceutí

En el transcurso del XIII Congreso Regional del PP de Andalucía, la Ministra de Empleo y Seguridad Social, Fátima Bañez, dedicó buena parte de su intervención para aleccionar a sus correligionarios sobre la postura a adoptar ante los drásticos recortes aprobados por el gobierno popular. Consciente del malestar ciudadano por las medidas adoptadas en el último Consejo de Ministro comentó que “habrá algunos que se resistan al cambio, pero la mayoría silenciosa de buenos españoles afrontarán los esfuerzos con aplomo y serenidad”. Frase, sin duda, memorable, pero no novedosa. El recurso retórico a la llamada “mayoría silenciosa” procede de un conocido discurso pronunciado por Nixon, en el año 1969,  para salir al paso de las crecientes protestas de un amplio sector de la población estadounidense contra la Guerra de Vietnam.
Unos meses antes del discurso de Nixon, había tenido lugar  en Francia la revuelta estudiantil que conocemos como “Mayo del 68”. Tal y como cuenta el gran historiador Josep Fontana, en su último libro “Por el bien del imperio” (editorial Pasado y Presente, 2011), el conflicto social llegó a tal extremo que De Gaulle, agobiado y desbordado por la situación creada, desapareció. La mayoría de los franceses pensaron que se había retirado a una de sus residencias privadas, aunque realmente lo que hizo fue entrevistarse con altos mandos del ejército francés para recabar su apoyo, por si fuera necesario reprimir el levantamiento ciudadano. Contando con el respaldo de los militares De Gaulle anunció la disolución de la Asamblea Nacional. La respuesta fue la organización de una manifestación en su apoyo que, según nos cuenta Josep Fontana, fue respaldada por un millón de personas. En esta manifestación se exhibieron  “pancartas contra la revolución en que decían: “El pelirrojo- Cohn-Bendit- a Pekín”, “la mayoría somos nosotros”, “los silenciosos estamos hartos” (Fontana,  2011: 384).
  ¿Pudo Nixon inspirarse en las proclamas de esta manifestación en Francia para acuñar el término de “mayoría silenciosa”?. Lo desconocemos. Pero sí sabemos que desde entonces la derecha ha echado mano del mayoritario sector de la población que se mantiene al margen de la política, -desde la indiferencia a los problemas sociopolíticos y económicos que acontecen en su país-, para respaldar y legitimar sus decisiones. El silencio es, pues,  interpretado por los políticos como una conformidad implícita a la acción de su gobierno. Un conformismo de los “buenos españoles”, en palabras de la Ministra Bañez, que se contraponen a los “camorristas", “golpistas”, “perroflautas” y "demagogos" del 15M, según los calificó la Sra. Esperanza Aguirre. Esta última llegó incluso a amenazar con movilizar, como hizo De Gaulle, a las bases de su partido para hacer frente en las calles a los integrantes del movimiento 15M.
El pulso entre mayoría silenciosa y minoría discrepante es tan antiguo como la democracia. En los EE.UU, cuna de la democracia moderna, surgieron pronto voces críticas con el poder de las mayorías. Henry David Thoreau, en su conocida obra “Desobediencia Civil” (1849), comentaba que “un gobierno en el que la mayoría decida en todos los temas no puede funcionar con justicia, al menos tal como entienden los hombres la justicia”. Para Thoreau la obligación de todo hombre es “la de hacer en cada momento lo que crea justo”. Justicia, verdad y razón, por tanto, son los principios por los que apostaba Thoreau, de ahí que llegará a escribir una frase ciertamente genial que contiene la esencia de su pensamiento: “Un hombre con más razón que sus ciudadanos ya constituye una mayoría de uno”. Esta idea refuerza la importancia de una minoría que tenga la verdad de su lado. Así, según Thoreau, “una minoría no tiene ningún poder mientras se aviene a la voluntad de la mayoría: en ese caso ni siquiera es una minoría. Pero cuando se opone con todas sus fuerzas es imparable”.
En una sociedad, como la nuestra, dominada por la uniformidad mecánica y lo cuantitativo por encima de lo cualitativo no es de extrañar que cuenten más los números que las personas. Ya lo dijo Antonio Machado, a través de su célebre Juan de Mairena, “por muchas vueltas que le doy no hallo manera de sumar individuos”. Lo importante ya no es tener razón, sino la cantidad de personas que coincidan en torno  a una idea, aunque ésta sea absurda, inconsistente o disparatada. Las masas atomizadas y acríticas, tal y como presagió Ortega y Gasset, se han convertido en la coartada que utiliza la clase política para imponer su voluntad y defender los intereses de su casta y de los que detentan el poder económico en este país.
La falta de canales de participación política en España, junto con el simulacro democrático que impera en España, donde los ciudadanos no tienen la posibilidad de ejercer directamente el poder ni  existe una distribución igualitaria de este poder entre todos sus miembros, lleva a que los políticos se erijan en los únicos capacitados para hablar en nombre del pueblo. Una supuesta legitimidad otorgada por las urnas cada cuatro años que carece de fundamento, ya que muchas de las decisiones adoptadas por el gobierno fueron intencionadamente ocultadas a los ciudadanos en la campaña electoral. Este planteamiento refuerza la demanda de los partidos políticos que como IU reclaman un referéndum para que la ciudadanía se pronuncie a favor o en contra de las medidas draconianas aprobadas por el gobierno del PP. Si tan seguro están de contar con el beneplácito de los “buenos españoles” que conforman “la mayoría silenciosa”, ¿Por qué no les dan la oportunidad de hablar?. Igual se llevan una sorpresa.  
Ha llegado el momento de romper las ataduras mentales e ideológicas que impiden a los ciudadanos expresarse con libertad e independencia. Es tiempo de dejar atrás la pasividad, el individualismo narcisista, la abulia, el servilismo, la pereza mental, la subordinación a la máquina, el conformismo y emprender el camino del empoderamiento colectivo. Hagamos caso del poema anónimo “no dejes de soñar” que nos incita a que no caigamos “en el peor de los errores: el silencio. La mayoría vive en su silencio espantoso. No te resignes. Huye”. Mantenernos en silencio nos hace cómplices y le damos la oportunidad a los poderosos para que utilicen nuestro silencio a su favor. Callar en estos momentos, como nos recuerda Federico Mayor Zaragoza,  se ha convertido en un delito: “silencio de los silenciados, de los amordazados. Silencio de la ignorancia. Terrible silencio. Pero más terrible, hasta ser delito, el silencio culpable de los silenciosos. De quienes pudiendo hablar, callan. De quienes sabiendo y debiendo hablar, no lo hacen” (Mayor Zaragoza, F: Delito de silencio, Ed. Comanegra, 2011). 
Permítanme terminar con el desgarrador mensaje que nos ha legado Antonio Gramsci contra los indiferentes y los silenciosos: “…Odio a los indiferentes también porque me molesta su lloriqueo de eternos inocentes. Pido cuentas a cada uno de ellos por cómo ha desempeñado el papel que la vida le ha dado y le da todos los días, por lo que ha hecho y sobre todo por lo que no ha hecho” (Gramsci, A: Odio a los indiferentes, Editorial Ariel, 2011).

martes, 12 de junio de 2012

EL NIHILISMO ANTIHISTÓRICO DEL PODER POLÍTICO EN ESPAÑA

José Manuel Pérez Rivera, miembro del 15M ceutí

            Como historiador no dejo de sorprenderme por la ignorancia de la que hacen gala nuestros políticos sobre los conceptos básicos de la condición humana, sobre todo de aquellos relacionados con el espacio temporal. Desconocen, tal y como expuso Korzybski (1933), que el hombre es un animal vinculado al tiempo: un ser que vive en tres dimensiones del tiempo y del espacio. Sin esta profundidad temporal, -producto de la cultura humana.-, el presente sería tan insignificante que llegaría a ser inexistente. En la misma línea, Lewis Mumford, en “The conduct of life” proclamó que “el hombre vive en la historia, vive a través de la historia, y en cierto sentido, él vive para la historia, ya que gran parte de sus actividades se dirigen hacia la preparación de un futuro desconocido. Sin la fe animal en el pasado que él ayudó a hacer y en el futuro que está todavía haciendo, la vida humana se reduciría en todas sus dimensiones”.
            Pongamos algunos ejemplos del sentimiento antihistórico de nuestros gobernantes. Empecemos por lo expresado por el entonces candidato a la presidencia, el Sr. Rajoy, durante un mitin celebrado en la localidad madrileña del Leganés. En aquellos días, el hoy presidente del gobierno de España lanzó una crítica a los que “están en el pasado”, refiriéndose, sin citarlos expresamente, a los socialistas. Para el Sr. Rajoy, los del PSOE “miran al siglo XX y allí se han quedado”. Por el contrario, su partido, el PP, tiene su vista puesta en el “futuro” para “acabar con el desempleo y atender los problemas de la gente”. Y a continuación pronunció una frase antológica: “mirar al pasado y quedarse en la historia es el mejor procedimiento para no afrontar el futuro”. Curiosa frase, pero no novedosa en cuanto a su contenido. Ya en el siglo XVIII, según cuenta Mumford en “la condición del hombre”, los políticos reformistas utilizaban eslóganes parecidos: “el pasado no tiene nada que enseñarnos; la historia es sólo un registro de supersticiones, fraudes, miserias y mentiras”. Llevado a tiempos más tiempos recientes, Mumford se refiere al hecho de que a mediados del siglo pasado, en su país, EE.UU, “se vulgarizó el decir que sólo la historia contemporánea es importante, cuando la verdad es que toda historia es importante porque  es contemporánea y nada lo es más que esas parcelas ocultas del pasado que todavía sobreviven sin que nos demos cuenta de su diario impacto. Aquel que sólo conoce los acontecimientos de la última generación o el último siglo sabe menos de lo que está sucediendo o lo que está a punto de tener lugar”.
            Pensamos que merece la pena plasmar aquí el desarrollo que hace Mumford  de la idea anteriormente expuesta. Según este célebre pensador, -poco difundido en nuestro país-, a diferencia de lo que opina nuestro “ínclito” presidente del Gobierno, “la humanidad nunca ha llevado consigo lo suficiente de su pasado. De ahí una tendencia a estereotipar algunos pocos tristes momentos del pasado  en lugar de meditarlos y evaluarlos constantemente, de revivirlos in mente. Sólo por esta acción de recapturar deliberadamente el pasado se puede escapar a su influencia inconscientes…Alargando la perspectiva histórica se gana el poder de sacudirse las parcialidades y relatividades de la propia sociedad inmediata; de la misma manera, enfrentando la totalidad de la experiencia humana, se llegan a percibir los elementos que la moda o el hábito de la propia época peculiar pueden haber descuidado: elementos arcaicos, elementos prístinos, elementos irracionales, mutaciones descuidadas y reliquias ocultas, a menudo pasadas por alto por los sabios en su demasiada estrecha sabiduría”.
            Esto es lo que nos dejó dicho Mumford sobre el pasado, ¿Y sobre el futuro?. Pues que “el verdadero futuro es la continuación mecánica del pasado. De un momento a otro, la inercia del pasado puede ser alterada por nuevos factores que surgen de adentro y fuera de la personalidad humana. La creación y selección de nuevas potencialidades, la proyección de fines ideales son, con referencia al futuro, la contraparte de un comercio inteligente con el pasado. El descuido del ideal lleva sólo a la práctica escondida del dar al presente un significado ideal que no posee”. La reflexión del concepto de futuro, junto a lo que hemos visto sobre el pasado y el presente, llevaron a Mumford a dejar una frase también memorable, en el aspecto más positivo del término, que sirve de perfecto contrapunto a lo expresado por el Sr. Rajoy: “si no tenemos tiempo para comprender el pasado no tendremos la visión para dominar el futuro: porque el pasado no nos deja nunca y el futuro está a las puertas”.
            Desde esta perspectiva se entiende el nihilismo antihistórico que caracteriza al gobierno del PP. Han emprendido una absurda huida hacia adelante para evitar un pasado, incluso el más inmediato, que pone en entredicho su gestión política y contradice las promesas realizadas en su campaña electoral. Un pasado cercano de España, además, plagado de corrupción, especulación inmobiliaria, despilfarro e ineptitud. De ahí comentarios como los del vicesecretario general de Organización y Electoral del PP, Carlos Floriano, que ante el caso Bankia declaró que las responsabilidades que se demuestren en su momento deberán dirimirse pero que ahora "hay que mirar al futuro". O la no menos elocuente  declaración del Sr. Guindos en la rueda de prensa que ofreció el pasado sábado para anunciar el rescate al sector financiero español: “los problemas del sistema bancario no se generan en cinco meses, pero hay que mirar hacia adelante".
            El gobierno actual está instalado en un presente construido a base de mentiras y falsedades, a la vez que se ve asediado por un pasado que le persigue sin descanso. No entiende que, -como expuso el conocido matemático A.N.Whitehead-,  "todo pasado se incorpora a lo actual, ya sea en forma positiva o negativa, por más indirecta que pueda ser la relación, y todo futuro es necesariamente referible a lo actual"(Enjuto, 1969).  De modo que, tal y como manifestó Lewis Mumford, -en un pasaje de su libro autobiográfico “My Works a and Days. A Personal Chronicle”-, “el futuro no es un página en blanco, ni tampoco es un libro abierto. La noción actual de que uno sólo tiene que medir las tendencias existentes y proyectar, en una escala mayor, las fuerzas e instituciones que dominan nuestra sociedad actual a fin de obtener una imagen real del futuro se basa en otro tipo de ilusión, la ilusión estadística. Este método sobreestima aquellos elementos del presente que son observables, mensurables y de gran alcance, y pasa por alto muchos otros factores que son ocultos, desmedidos, irracionales”. Guiado por esta idea Mumford solía decir que él era pesimista en cuanto a las probabilidades, pero optimistas en cuanto a las posibilidades. De ahí que un papel fundamental de movimientos como el 15M sea repensar el pasado y criticar el presente para plantear nuevos caminos que recorrer a través del pensamiento y la acción decidida del hombre. El 15M forma parte de aquellos elementos que pueden frenar la inercia de la historia y dar un giro inesperado a la humanidad. Yo confío en ello.

jueves, 7 de junio de 2012

MÁS EUROPA, PERO ANTES MÁS PLAZA

José Manuel Pérez Rivera, miembro del 15M ceutí

Son muchas las voces entre la clase política española que proclaman, ante la crisis económica que nos acecha, que la solución es más Europa. El deseo que subyace tras estas palabras es acelerar la  delegación de competencias económicas e incluso políticas a los órganos de gobierno europeo. Según los apologetas de esta doctrina, la solución a la crisis del euro pasa por una mayor integración de las políticas fiscales, financieras y bancarias. Serían, por tanto, los tecnócratas de la Unión Europea quienes pasarían a controlar las finanzas y presupuestos de los países miembros del eurogrupo. Mientras que esta idea cobra cada día más fuerza entre los prebostes de la UE, los ciudadanos permanecen perplejos ante la incapacidad manifiesta de los llamados representantes del pueblo para reconducir la maltrecha situación económica del país. El mismo Ministro de Economía, el Sr. de Guindos, declaró hace unos días que “España ha hecho todo lo que estaba en su mano”, admitiendo con estas palabras que el futuro del país estaba en manos de otros.
            Si tomamos como punto de referencia la definición de democracia planteado por Takis Fotopoulos, para quien este sistema político “no significa otra cosa que el ejercicio directo del poder por parte de la ciudadanía”, llegaremos fácilmente a la conclusión que vivimos en una auténtica oligarquía que está experimentando  una rápida degeneración en una plutocracia de ámbito internacional y europeo. Lo hemos visto esta misma semana, cuando los miembros del G-7 mantuvieron un teleconferencia para debatir sobre la crisis bancaria en España. Son este reducido grupo de personas en torno a una mesa quienes tienen en sus manos los designios del mundo. Y estos sólo son los que dan la cara, pues es de sobra conocido que si ocupan estas sillas es gracias al dinero que han aportado los directivos de las grandes empresas, -los verdaderos amos del mundo-, para financiar sus respectivas campañas electorales.
            Lejos han quedado los sueños de un universalismo basado en la fraternidad humana que hicieron posible la creación de la ONU y otros organismos internacionales. Este propósito ha sido desplazado o anulado por los espurios intereses de las grandes corporaciones internacionales. Tanto es así que según denuncia la Alianza ¿Economía Verde¿ ¡Futuro Imposible! “existen ejemplos claros y muy preocupantes sobre cómo las principales empresas están influenciando las decisiones de la ONU, algo completamente escandaloso. Es necesario acabar con este predominio empresarial y con las alianzas entre la ONU y diferentes empresas, más aun cuando muchas de éstas están involucradas en violaciones a los derechos humanos”.
            Ha llegado el momento de regar aquella semilla del universalismo que fue plantada en el siglo XIX, pero que quedó enterrada por el peso de dos guerras mundiales. Los principios que harían viable este anhelo de unidad mundial fueron expuestos, entre otros por Lewis Mumford. En su obra “The conduct of life”, dejo dicho que la tarea de los próximos generaciones sería descubrir o inventar “una moral universal, como base del amistoso intercambio político; un lenguaje universal, enseñado como segunda lengua a todos los niños en todas las escuelas, para hacer posible la comunicación mundial; un gobierno mundial, con un capital mundial en todos los continentes, transmutando las luchas nacionales y los conflictos, que seguirán de alguna forma existiendo, en hábitos de ley y orden, de moderación y positiva cooperación; una ciudadanía mundial para todos los seres humanos en el planeta, con incremento de la energía y el tiempo dedicado a los viajes y las relaciones a escala mundial, y el intercambio de los trabajadores y los estudiantes. Para suplir un universalismo basado en la mera uniformidad mecánica y en una ruptura de las barreras físicas en tiempo y el espacio, debemos crear un universalismo basado en la riqueza espiritual y la variedad de los hombres: unidad en la diversidad que lograremos trabajando juntos para fines comunes. Al margen que pueda llegar, en la plenitud de los tiempos, una religión verdaderamente universal”.
            La apuesta de Mumford por el establecimiento de una cultura y gobierno mundial dista mucho de la globalización imperante en nuestro tiempo. Para este preclaro pensador se tienen que dar una serie de condiciones previas: la primera consiste en una transformación del propio ser humano que pasa por “el retiro, el desapego, la simplificación, la reflexión y la liberación del automatismo”. Una vez que hayamos acometido este proceso de automejora es cuando, según Mumford,  tenemos que retornar al grupo y unirnos con los que han sido sometidos a una regeneración como ésta y son por ello capaces de asumir la responsabilidad y tomar la acción. Precisamente, esta superación de las barreras del espacio, el tiempo y la cultura se están dando de manera espontánea por todos los rincones del planeta. En unos lugares se llama primavera árabe, en otros 15M, Occupy Wall Street o el más reciente movimiento  #YoSoy132 de México.
            La otra condición que considera Lewis Mumford imprescindible para la construcción de una cultura mundial es la restauración de la escala humana. Para Mumford, “la misma extensión del rango de la comunidad en nuestro tiempo, a través de organizaciones nacionales y mundiales, sólo aumenta la necesidad de construir, como nunca antes, las íntimas celdas, el tejido básico, de la vida social: la familia y el hogar, el vecindario y la ciudad, el grupo de trabajo y la fábrica. Nuestra civilización actual carece de la capacidad de autodirección, ya que se ha comprometido a las organizaciones de masas y ha construido sus estructuras desde arriba hacia abajo,- principio de todas las dictaduras y absolutismos-, en vez de desde abajo hacia arriba: es eficiente dando órdenes e imponiendo la obediencia y prestando la comunicación unidireccional; pero en lo principal sigue siendo inepta en todo lo que implica reciprocidad, ayuda mutua, la comunicación bidireccional, el dar y tomar”.
Amplia Mumford esta idea diciendo que “no importa cuanto mundial e inclusiva sea el ámbito de cualquier asociación o institución. Ya se trate de un sindicato o una iglesia o un banco, tiene que ser, en el núcleo central, una forma orgánica de asociación: un grupo lo suficientemente pequeño para la intimidad y para la evaluación personal, tanto que sus miembros puedan reunirse con frecuencia como un cuerpo y conocer a los otros bien, no como unidades, sino como personas”. Unos grupos que deben ser lo suficientemente pequeño como para la rotación en los oficios y funciones; y para mantener reuniones directas, en las que la discusión y el debate discurran sobre la base de la comprensión íntima. Para Mumford, “todas las comunidades orgánicas de mayor tamaño, idealmente, estarían formadas por la federación de unidades más pequeñas: cualquier otro método no es más que una solución provisional y mecánica, destructiva de todo propósito de asociación”.
            La idea fundamental que sobrevuela la densa obra de Lewis Mumford es la necesidad del equilibrio en todos los órdenes de la vida, la cultura y la sociedad humana. Aparejado a este concepto aflora la percepción de que toda asociación tiene un límite natural de crecimiento. Basándose en los estudios sociológicos de Le Play, Charles Horton Cooley o Clarence Perry, Mumford insistió en que la limitación del tamaño es un atributo esencial de todo grupo orgánico: “la verdadera alternativa a las grandes y rígidas organizaciones es limitar el número de personas en el grupo local, y multiplicar y federar a estos grupos”.
            Si se da este retorno a la escala humana y se recuperan las relaciones personales, -disueltas y enfrentadas por el sistema capitalista-, tal y como fomentan los movimientos sociales a los que estamos asistiendo en los últimos años, podremos avanzar hacia la construcción de un gobierno y una cultura mundial que destierre la atomización, la uniformidad mecánica, el individualismo y el conformismo que impera en la sociedad actual. No hacerlo así nos condena a continuar por una senda marcada por el distanciamiento entre la ciudadanía y los órganos de poder. Un escenario donde el poder cada día más centralizado impondrá al conjunto de la sociedad la voluntad de una exigua minoría de tecnócratas, ávidos empresarios y políticos corruptos. El principal objetivo, por tanto, de movimientos como el 15M tendría que ser combatir el exceso de centralización, al mismo tiempo que construye la base un nuevo orden mundial desde la promoción de la autoeducación y la autonomía personal. Llegará el tiempo de más Europa, pero ahora toca más plaza.